Wednesday, September 19, 2007

Ming I y Ming II, de Javier G. Cozzolino

En HermanoCerdo 17 va un cuento de Javier González Cozzolino titulado Ming I y Ming II. Aquí un adelanto. Esperen al cerdo en sus buzones.


MING I Y MING II
Por Javier González Cozzolino

En mangas de camisa, había dejado de llorar y vaciaba y movía las góndolas hacia las paredes laterales del minimercado con el auxilio de su hijo, Ming II. Las heladeras habían quedado en su lugar, encendidas, al fondo de la finca, con sus botellas y yogures y mantecas, y la carta de su suegra se hallaba ahora bajo una de esas heladeras. “Sigue igual”, decía la carta. “Nos mira”, decía. “Como siempre, nos mira.” Había también algunas palabras para Ming II. Pero Ming II no leía esas cartas. Todas esas cartas decían lo mismo.
Horas antes, mientras atendía la caja registradora y fiscalizaba el desempeño de sus empleados criollos, atento a la música y a las intermitentes locuciones del presentador radial —locuciones grabadas en el casete por su cuñado; mes por medio el cuñado le enviaba esas cosas desde la China—, el chino Ming, limpiandosé las lágrimas había dicho Dosciento peso al Ismael, el Roy y el Juan, los hermanos del Beto Armijo. Doscientos pesos por el alquiler del minimercado, por su hijo de custodia en el minimercado, por la camioneta daihatsu que los llevaría, luego de la jarana nocturna, al cementerio. Cosa que los tres habían aceptado y agradecido, especialmente lo de Ming II como protector, temerosos de que volviese a ocurrir esa noche lo sucedido un año atrás: el martes, la tarde, el asaltante munido de la veintidós chiquitita, el Beto Armijo.
—Pero no te preocupés —dijo más tarde, sobre la vereda y en chino el chino Ming a su hijo Ming II—. No te voy a dejar solo, hijo. También voy a estar. Necesito divertirme. Necesitamos —dijo, sin esperar que su hijo le respondiera, pasandosé un pañuelo por los ojos; el sol frágil de la tarde como una arveja cocida, amarilleandolé la cara—. Habrá chicas, Ming II, y burundanga.

Después el chino Ming lloró hasta la noche y a la noche se vistió como su hijo de negro luto para no desentonar, repuso unas bombitas quemadas del baño del minimercado y cerró con candado la puerta de la habitación contigua, donde habían sido guardadas las mercaderías que no precisaban de frío. Ming II, que se había mantenido callado, preguntó si encendía la radio, si les agradaría a los bolivianos entrar con música. El chino Ming respondió que no, que dejara eso en manos de los otros, pero en busca de complacer la inquietud del hijo, de animarlo, solicitó, tras sacar una birome y un papel amarillo de su traje, que le escribiera en perfecto castellano la frase que recién acababa de ocurrirselé y que seguramente sería bien recibida por los hermanos Armijo y las chicas que los Armijo trajeran.
Ming II copió en castellano lo dictado en chino por el chino Ming. Escribió Ming II “Difícil encontrar tortuga en océano. Difícil karma encarna en persona. Feliz Beto, fuiste persona”. Y preguntó que qué era eso. A lo que el chino Ming le explicó en chino:
—Hay que ser bueno y recordar al Beto. Hay que ser bueno y olvidarlo.

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