Que Habedero vive no es ninguna noticia para los lectores de HermanoCerdo, que cada tanto leen su columna "Una buen nombre para una columna es difícil de encontrar" en la que Habedero disecciona, según él, la condición humanay sus más vergonzosas miserias. Pero haber conocido a Habedero ya es otra cosa. En exclusiva HermanoCerdo publicará un relato basado en un encuentro con el poeta del underground. El autor del relato nos ha pedido que conservemos oculta su identidad pues teme represalias por parte del mismísimo Miguel. Aquí reproducimos una primera parte de este singular encuentro. El resto podrán leerlo en el número 17 de Hermanocerdo, la revista de los campeones.***
Dice Habedero: Por muchos años, el que la actividad literaria se pareciera tanto a simplemente no hacer nada fue lo que me hizo pensar que sería escritor.
Trataré de ser breve. Una noche, después de haber fumado toda la tarde, salí a dar una vuelta por el parque. Como siempre, iba con las manos en los bolsillos, un marlboro en la boca y disfrutando enormemente el estado de hipersensibilidad en que me encontraba. Por ese entonces hacía lo siguiente para sobrevivir: trabajaba seis meses y pasaba el resto del año sin hacer nada, fumando mariguana y viendo televisión. Vivía en un departamentito de la colonia Narvarte, en el tercer piso de un edificio de los cincuentas sombreado por dos grandes árboles, dos grandes eucaliptos. Como dije, había fumado toda la tarde. En ese estado advertí a una pareja ruidosa que caminaba en sentido contrario. Cuando pasé junto a ellos Habedero y yo nos reconocimos, al principio vagamente pero después con incomodidad. Hacía no mucho nos habíamos encontrado en una fiesta a la que me había llevado mi amiga Mónica. Recordaba haberlo visto con otra mujer, no tan guapa ni tan joven como la que lo acompañaba ahora, pero igualmente interesante, y aunque nunca nos presentaron sí recuerdo haber intercambiado un par de palabras con él y haberme enterado que era escritor y que había publicado unos cuantos libros. De hecho, era un libro suyo lo que nos reunía en la fiesta, no recuerdó cuál pero mi amiga Mónica me dictó un cursillo rápido que olvidé pronto.
Al principio pensé que podía darle un apretón de manos y seguir de largo, pero Habedero me saludó efusivamente y le dijo a la chica que yo era su gran amigo, al que no veía en mucho tiempo y él único que de verdad comprendía sus libros y su personalidad, cosas así, evidentemente con el propósito de fastidiar a la chica y de paso fastidiarme a mí, que sólo quería pasear un rato y volver a casa. En tal trance, ella y yo no tuvimos más remedio que forzar una sonrisa, abrir una tregua, y aceptar la invitación que Habedero nos hizo a tomar unas copas ‘en nombre de la amistad’. Qué cerdo. A leguas se veía que la chica llevaba horas llorando y que estaba tan cansada que no le importaba abrir este estúpido paréntesis y dejarse llevar en espera, quizá, de recuperar energías y de reanudar después los gritos que venía dando por la calle. Cruzamos el parque y fuimos a uno de esos bares que tanto abundan en la Narvarte, barecitos enclaustrados en una esquina. Entramos y Habedero pidió una cubeta de cervezas. El mesero dejó algo de botana; comenzamos a beber.
Dejé que hablara y es posible que de vez en cuando me animara a intercalar una o dos frases con tal de no parecer un idiota, porque Clara –así se llamaba la chica- era guapa incluso con la cara manchada de rímel y mocos, y no hacía falta ser un experto para ver que debajo del suéter guardaba dos tetas intensas. Habedero pasó del tema de las cervezas al de la literatura y ahí sí me recuerdo diciendo que la Autobiografía Precoz me había cambiado la vida, vida, dije, que me había decepcionado en casi todos los campos incluido el campo del amor, cosa que Habedero pareció comprender de cabo a rabo porque de pronto comenzó a hablar de las mujeres que había tenido y cómo las había conseguido y cómo las había perdido mientras otra cubeta llenaba la mesa y Clara comenzaba a bostezar. Cuando vi el reloj ya eran las once de la noche y a mí me habían entrado unas ganas tremendas de irme a casa y fumar a solas, o irme con la tipa y dejar a Habedero ahí, aunque de los tres el único que parecía sobrio era él. Para no parecer mal educado apunté mi teléfono en un papelucho y se los di diciéndoles que pasaran a visitarme, a lo que Habedero dijo sí, claro, y después de abrazarnos y desearnos suerte salí del lugar y me fui a casa.
Una mañana, no muchos días después, sonó el teléfono. Haciendo un esfuerzo enorme para levantarme, contesté el teléfono y me dejé llevar por la voz que al otro lado lloraba y hablaba incomprensiblemente. Al principio la confusión me pareció divertida. Pero cuando escuché el nombre de Habedero mi corazón comenzó a latir con fuerza porque reconocí la voz de Clara al tiempo que en mi mente se formaba la imagen que retenía de ella, el rímel y los mocos embelleciendo su cara. “La verdad es que no sé qué hacer,” dijo, “y te llamo porque encontré tu número y porque sé que eres su amigo. Me gustaría verte.” Una hora después subía a saltos la escalera de un edificio viejo, no muy lejos de mi casa, y cruzaba el umbral de un departamento extrañamente acogedor, o quizá es que yo me había hecho muchas ideas en la cabeza y todo encontraba acomodo en mi retorcida imaginación; después de tanto tiempo por fin se me presentaba una oportunidad con una tipa guapa, y eso pensaba mientras Clara preparaba algo de café en la cocina y desde ahí me seguía contando lo que había pasado entre ella y el tal Habedero. Me preguntó si lo había visto y yo le dije que últimamente nos veíamos muy poco, lo que en el fondo era cierto. Me ofreció el café y tomó asiento a mi lado. Luego, de golpe, me contó que Habedero la engañaba con otra, y que eso fue la gota que derramó el vaso. “Pero todo acabó,” me dijo. Sirvió más café. Después de dos horas de contarme sus problemas su rostro se suavizó y recostándose en el sofá cerró los ojos y durante un momento pensé que dormía hasta que volvió a abrir los ojos y me dijo:
-¿Sabes qué es lo más irónico de todo? Que ya sabía yo que esto iba a pasar. Sólo que no quería que sucediera así.
-¿Cuántos años tienes? –le pregunté pensando que me iba a decir veinticinco o treinta y sorprendiéndome de verdad cuando me dijo "Veinte, recién cumplidos."
A eso de las once de la noche, después de mucho café y un par de porros, puse una mano en su rodilla para medir en qué estábamos, pero por efecto de los porros, o por lo que fuera, mi mano se quedó ahí y no hizo otra cosa que moverse unos centímetros arriba y abajo, como si buscara calmar una ansiedad que de hecho ya no existía. Al principio aquello me excitó un poco (al fin y al cabo sólo unas horas antes mis expectativas eran muy diferentes) aunque al poco rato la vi irse a su cuarto y luego salir desnuda camino del baño. Mientras escuchaba el ruido del agua me hice la pregunta de rigor: “¿Qué estoy haciendo aquí?” más por una necesidad teatral que por verdadera sorpresa; quería ofrecerme a mí mismo la sensación de novedad que precede al conocimiento de una mujer, aunque mis noches solitarias me habían hecho perder la práctica (cualquier hijo de vecina ya habría hecho mucho más que yo, pensé), y tampoco me sentía con los pantalones necesarios para violentar la situación. Cuando terminó la ducha salió con una toalla enredada alrededor del cuerpo y entró a su cuarto. Yo hice lo mismo y sentado en su cama admiré sus movimientos al secarse el cabello y el cuerpo; me pareció muy bella y muy joven, en pocas palabras una mujer que no era para mí. De todas maneras seguía sorprendiéndome de estar ahí, hasta que Clara me preguntó si me dedicaba a algo, y le dije que no por el momento y ella se lo tomó bien, quizá porque vivía en aquel departamento que le prestaban sus padres y con el dinero que le seguían dando y porque tenía veinte años.
En determinado momento dejó caer la toalla al piso y su cuerpo quedó abierto a mis ojos, pero sólo un momento porque abriendo unos de los cajones sacó unas bragas y unos pantalones de pana color marrón y se los puso, y enseguida se puso los calcetines y las botas y un suéter de lana de un café más claro, del color de sus ojos. Después se metió un gorro tejido y se aplicó protector de labios. Yo sólo llevaba un suéter roto en los codos que mi madre me había tejido hacía muchos años atrás.
-Vamos a hacer una visita –me dijo, mirándome por el espejo-. A casa de Miguel.
-Antes podemos pasar a mi casa por más porros.
-Después –dijo ella.
Dejamos el departamento y caminamos en silencio cosa de cuatro cuadras hasta un edificio de sólo tres pisos; era muy tarde y ninguna ventana estaba iluminada; sólo la luna, entre las nubes, iluminaba las ventanas de los pisos. Clara abrió la puerta principal y comenzó a subir las escaleras seguida de mí. Se detuvo junto a una puerta y aplicó la oreja a la madera.
-A veces finge no estar en casa –susurró.
Tras un minuto abrió la puerta con la llave escondida en una fisura del marco de la puerta, bajo uno de los goznes; entró en silencio, tocando la pared con las yemas de los dedos y yo cerré con cuidado la puerta detrás de mí y la seguí hacia el interior del departamento en el que reinaba el desorden total, como si Habedero hubiera huido a todo correr. Clara fue revisando las habitaciones y recogiendo cosas que reconocía como suyas, unas bragas, un libro, un cepillo de dientes, etcétera, y las iba metiendo en una bolsa de plástico.
Al terminar abrió la puertecita que daba al balcón y salió. Ahí afuera nos fumamos el último cigarrillo que me quedaba, demorándonos en cada chupada y dejando que el humo nos envolviera y luego se desvaneciera, lentamente.
-¿Por qué me llamaste? –le pregunté, muy ansioso de que me revelara algo todavía más extraño de lo que me imaginaba, porque para mí todo seguía siendo absurdo. Sentí que algo emotivo flotaba a mi alrededor, pero Clara no dio señal de haber escuchado mi pregunta, aunque después de un rato, cuando el cigarrillo se había acabado y comenzaba a correr un viento frío, reaccionó y me miró un instante.
-Creo que porque Miguel te respeta –dijo.
-¿A mí?
-Él me lo dijo.
Preferí guardar silencio. Al cabo de un rato Clara dijo que era mejor irnos. Cuando salíamos noté que los libros de Habedero estaban en una esquina de un pequeño librero. Tomé uno al azar y leí algunas frases.
-¿Qué te parece como escritor? –pregunté.
-Tiene estilo –sentenció ella.
Dice Habedero: Hay escritores que con una mano en el pito no dudan ser poseedores de un estilo. Hay otros que sólo pueden aspirar a uno luego de contemplar su propia destrucción.
-¿Se enojará si me los llevo?
-Por mí puedes quemarlos -dijo.
Durante un par de semanas, más o menos, todo fue bien con Clara. Cogíamos (porque no me atrevería a decir que hacíamos el amor; el amor no intervenía para nada en nuestra relación aunque acepto que en un principio me solacé con la idea de enamorarme de una tipa como ella), pero al cabo comenzó a quejarse de mi inactividad y me pidió que no fumara más, a lo que me negué rotundamente. Una noche, bastante colocado, le dije que tenía que aceptarme tal y como soy, pero ella se rió en mi cara y me dijo que me podía ir al carajo. No le hice caso y parece que ella no me lo decía en serio porque continué visitándola y las cosas siguieron más o menos como habían empezado. Fue un día cualquiera, mientras mirábamos televisión, que la cosa terminó. Ella atravesó toda la sala y se colocó junto al teléfono, que había comenzado a sonar como loco. Se detuvo ahí y durante un rato estuvo mirando el aparato, que no dejaba de sonar. En realidad estaba mirando el identificador de llamadas.
-Es él –dijo.
-¿Quién?
-Miguel. Reconozco el número de su casa.
Ni siquiera esperé a que localizara el teléfono. Tomé mi suéter y me largué de ahí.
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